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Música de 'telarmonio' (1906)
'El Cisne' interpretado por Theremin (1928)
Construcción de órganos en la fábrica Hammond
Avance del concierto 'Stick Night Live' en Los Ángeles
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Música de alto voltaje

Del ‘theremin’ al sintetizador, pasando por el órgano Hammond y la caja de ritmo

Del ‘theremin’ al sintetizador, pasando por el órgano Hammond y la caja de ritmos, la electricidad suena cada vez mejor

Pablo Francescutti

La música lo invade todo. En el coche, la radio nos inunda de melodías; en la sala de espera del dentista, el hilo musical nos sosiega; los politonos del sonajero aplacan el llanto de nuestro bebé; el teléfono nos llena el oído con un estribillo pop mientras aguardamos a la operadora; en la piscina, los altavoces reproducen la canción del verano, y por la ventana del vecino se filtran los gorgoritos del remedo de turno de Operación Triunfo. Vivimos inmersos en tonos y semitonos, fusas y corcheas; una experiencia inédita en la historia, pues antaño la música se disfrutaba en el seno del hogar o en ocasiones especiales; ahora el planeta entero vibra de sonidos musicales. Somos presa de una melomanía colectiva, una pasión que tiene por pilar fundamental la electricidad.

D esde que la humanidad aprendió a transformar los sonidos acústicos en señales eléctricas se hizo factible la grabación y el envío a grandes distancias de toda clase de obras musicales, así como su reproducción con creciente fidelidad. La misma innovación tecnológica hizo posible el procedimiento inverso: la conversión de señales eléctricas en sonidos musicales. Que la musa Euterpe lograse poner los electrones a su servicio constituye, sin duda, uno de los hitos musicales del siglo XX. La domesticación de la electricidad por parte de instrumentistas, compositores e ingenieros revolucionó tanto las obras de vanguardia como los géneros populares, además de sentar los cimientos de una vasta y próspera industria. Se puede afirmar, sin temor a incurrir en exageración, que ningún arte se ha visto tan modificado por la electricidad como la música. Hoy, excepto el canto a capela y la interpretación de instrumentos acústicos en vivo y sin amplificación, no existe música que de un modo u otro no dependa de la electricidad.

Léon Theremin, físico e inventor. / CARAMOORhola hola

Léon Theremin, físico e inventor. / CARAMOOR

Esta fascinante saga instrumental tiene como antecedentes un clavecín del siglo XVIII accionado por electricidad estática que movía una serie de campanillas; el telégrafo musical, pergeñado en 1874 por Elisha Gray, y el primer instrumento electrónico digno de su nombre, el telarmonio del inventor estadounidense Thaddeus Cahill. El primer prototipo de esta suerte de órgano eléctrico se completó en 1906, pesaba doscientas toneladas y medía dieciocho metros de largo, unas dimensiones aparatosas que dieron al traste con su porvenir. Señal de que la sociedad estaba madura para esta clase de artilugios es que el relevo no tardaría en llegar, y procedente del lugar más inesperado: Petrogrado (hoy San Petersburgo), excapital del antiguo imperio zarista y centro neurálgico de la actividad creativa que acompañó a la Revolución rusa.

Léon Theremin, el precursor. El despegue auténtico de la electrificación de la música tuvo lugar en la metrópoli del Báltico, en 1919, cuando el físico y violonchelista ruso Léon Theremin, mientras montaba un medidor electrónico de la densidad de gases, observó que los sonidos variaban según movía las manos, y con ello descubrió la forma de sacar partido musical a la interferencia. Dicho y hecho: en poco tiempo, el inventor aficionado diseñó el instrumento que pasaría con su nombre a los anales de la historia: una caja de madera con osciladores de tubo de vidrio y dos antenas que producían campos electromagnéticos, por lo que el ingenio musical es también conocido como theremin o thereminvox.

Que Theremin intuyera en el acto el potencial musical de la interferencia no tenía nada de casual; las vanguardias artísticas de principios del siglo XX habían afinado su oído. Los futuristas, en particular, ansiaban revolucionar la música con sonidos jamás escuchados, muchos de ellos de manufactura mecánica o electrónica.