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Javier Armentia. / JOSÉ H. ÁLVAREZ

Javier Armentia

Astrofísico y director del Planetario de Pamplona
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Entrevista a Javier Armentia en 'Para todos La 2' (RTVE)

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“Javier Armentia: curiosidad y escepticismo” en 'Entrevista en R5' (RNE)

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Disfruta de las estrellas con nosotros

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Mirando al cielo con Whitman

Javier Armentia

Hace unas noches tuve la oportunidad de explicar el firmamento a un grupo de personas en un pueblo del norte de Navarra. Me pasa a menudo, entre otras cosas porque me dedico precisamente a eso, a contar cosas del cielo. En los últimos años uso un puntero láser que, como si eso de mirar al cielo y saltar de los héroes griegos a la cosmología actual no fuera ya suficientemente excéntrico, me convierte en un momento en un trasunto de guerrero jedi. Pero es una herramienta cómoda, que ayuda a la gente a descubrir entre los puntos del cielo los patrones de las antiguas constelaciones. Con el puntero localizamos así esos objetos casi mágicos cuya luz tarda en llegarnos cientos o miles de años: estrellas, nebulosas, cúmulos...

Javier Armentia, astrofísico y director del Planetario de Pamplona. / JOSÉ H. ÁLVAREZ

Javier Armentia, astrofísico y director del Planetario de Pamplona. / JOSÉ H. ÁLVAREZ

La otra noche, cuando apuntábamos en Andrómeda a una manchita que aparecía en el cielo como una tenue luz, les dije que ahí estábamos viendo una galaxia con cientos de miles de estrellas, donde, de haber alguien observando ahora, estaría contemplando cómo era nuestro planeta hace más de dos millones de años.

Basta con mezclar esas distancias imposibles con escalas de tiempo que nos lanzan de repente a los albores de la humanidad mientras uno recorre un firmamento oscuro y sugerente en su misterio para que se dispare la curiosidad que, es curioso, retenemos escondida el resto del día. Así que, apuntando el láser a puntos en la noche, iban surgiendo preguntas sobre otros mundos, estrellas que nacen y acaban su vida explotando, un universo que se expande y acelera y, claro, sobre esas palabras fetiche de agujeros negros, bigbangs, materias y energías oscuras...

He de reconocer que me encanta provocar esa situación, en la que, viendo ese paisaje nocturno, nos ponemos a imaginar y, de la mano de la ciencia, pretendemos entender poco a poco algo que siempre nos ha maravillado. Es mi venganza personal contra el poema en el que Walt Whitman declaraba que las explicaciones en el planetario del docto astrónomo le hastiaban, “hasta que me escabullí de mi asiento y / me fui a caminar solo / en el húmedo y místico aire nocturno / mirando de rato en rato / en silencio perfecto a las estrellas”.

El otro día, en medio de ese silencio perfecto, sin embargo, nos maravillábamos de que todas esas luces nombradas y numeradas en los catálogos fueran parte de un universo que se mueve por la energía, donde las mismas leyes físicas que nos permiten vivir mejor en un mundo cambiante marcan historias sorprendentes que vamos imaginando y descubriendo. Y alguien mencionó el bosón de Higgs y algunas noticias científicas que llegan a ser portada de los diarios, raras veces, pero marcando un patente avance en el conocimiento humano.

Y así, saltando por entre estrellas con sonoros nombres árabes, en el húmedo aire nocturno de los Pirineos, atravesados por el Camino de Santiago terrestre y bajo el palio tenue del otro camino celeste, el tiempo pareció detenerse. Entonces, un puntito luminoso comenzó a recorrer el cielo: la Estación Espacial Internacional llegó también para saludar, colofón perfecto de esa charla que, lo confieso, uso como arma contra la indiferencia habitual con la que miramos al cielo y no nos conmovemos. En eso, por supuesto, estoy con Whitman.