Australia, el país superlativo

ESPERANCE WESTERN AUSTRALIA / HOSSEN 27

Nuestras antípodas reúnen paisajes extremos, animales únicos, grandes inventos y la población más feliz del mundo

Noelia Ferreiro

Ignota, inmensa, apabullante. Una isla, un país, un continente. Una fauna misteriosa, casi alienígena y a menudo letal, y una naturaleza excepcional, llena de contrastes que van desde ese desierto rojo, inhóspito y abrasador que es el outback, a las selvas tropicales y a la barrera coralina más grande del mundo. Australia es un territorio exagerado y extremo, con una de las poblaciones más primitivas de la Tierra y, a la vez, con una de las sociedades más cosmopolitas y modernas, de la que han salido inventos como el frigorífico, la caja negra y la tecnología wifi. Y, por si fuera poco, es la nación con los ciudadanos más felices del mundo según la clasificación anual de la OCDE.

¿Q ué es lo que hace del corazón de las antípodas un lugar tan peculiar? Empecemos por los orígenes de su población. En Australia existía vida humana mucho antes de los primeros avistamientos de exploradores occidentales en los siglos XVI y XVII y del primer asentamiento oficial inglés, protagonizado en 1788 por convictos que, encadenados y en barco, habían cruzado medio mundo para aliviar el hacinamiento de los penales británicos. Una vida que se remontaba a nada menos que 60.000 años, fecha aproximada de la llegada de los ascendientes de los actuales aborígenes, lo que convierte a estos nativos en una de las poblaciones más antiguas del planeta, solo por detrás del primigenio hombre africano y de su variante asiática.

Fotografía de un aborigen australiano, por Herbert Basedow y National Museum of Australia.
Fotografía de un aborigen australiano, por Herbert Basedow y National Museum of Australia.

Los aborígenes habitan Australia desde hace 60.000 años. / HERBERT BASEDOW / NATIONAL MUSEUM OF AUSTRALIA

Los aborígenes —término que significa el primero conocido— conformaban una comunidad de aproximadamente un millón de personas, agrupadas en pueblos diferentes que hablaban más de 250 lenguas. De nada les sirvieron estas credenciales: los colonizadores ingleses no dudaron en declarar que aquel continente remoto e inexplorado no era más que una terra nullius, esto es, una tierra de nadie habitada por salvajes sin derechos, lo que justificó el saqueo y la rapiña de las zonas fértiles y el hostigamiento a esta raza indígena que no disfrutó del derecho al voto en su totalidad hasta 1965, cuando el territorio de Queensland la incluyó en el censo. Dos siglos y cuarto después de la llegada de los europeos, su población es de apenas medio millón de personas y conservan unas 20 lenguas.

Fenómenos virulentos. Australia también destaca por su naturaleza indómita y la variedad de climas, fruto de sus más de 7 millones de kilómetros cuadrados. Allí, si llueve, lo hará con furia durante semanas, como en las inundaciones del 2011 en Queensland, que anegaron una extensión superior a Francia y Alemania juntas; y si no, la sequía será tan acusada que podrá durar varios años, como la que entre 1963 y 1968 redujo en un 40% los cultivos de trigo. Si sopla el viento, traerá espectaculares tormentas de arena y, también, destructivos ciclones, con una media de seis por año: Tracy, el peor que se recuerda, devastó el 80% de la ciudad de Darwin en la Nochebuena de 1974 con rachas de 250 kilómetros por hora (km/h). Si se cierne una ola de calor, los termómetros pueden rondar los 45°C en Sídney o los 50°C en Moomba, temperaturas récord alcanzadas en el verano del 2013, el más cálido de la historia. Y si todos estos factores confluyen, no será raro oír noticias de una nueva ola de incendios, como la que asoló la isla sur de Tasmania en enero del 2013. Sin embargo, a pesar de que se trata de una de las zonas del mundo más propensas a padecer el acoso del fuego, la vegetación crece con fuerza en muy poco tiempo, reverdeciendo con rapidez miles de hectáreas.

Fotografía de la ciudad de Sidney, por Tao Van de Graaff.
Fotografía de la ciudad de Sidney, por Tao Van de Graaff.

Sídney, en condiciones normales y bajo la tormenta de arena que sufrió en el 2009. / TAO VAN DE GRAAFF

Australia goza de una peculiaridad inquietante: según los expertos, su capa de ozono es de las más delgadas del mundo. Esto quiere decir que los rayos ultravioleta resultan mucho más dañinos, lo cual hace que el país registre uno de los índices más acusados de cáncer de piel. Un panorama nada alentador si se tiene en cuenta, además, que un estudio reciente sostiene que los australianos, por su fisiología, son trece veces más propensos a desarrollar esta enfermedad que el resto de la población mundial.

Y tampoco ayuda que sea la octava nación más contaminante, a pesar de tener solo 22,5 millones de habitantes. La culpa la tienen el carbón, responsable del 70% de la electricidad que produce el país, y el gas, que genera otro 20%.