IluminArte

MARKO KUDJERSKI

La iluminación de museos, una actividad a medio camino entre la ciencia, la innovación y la gestión del patrimonio cultural

Arantza Prádanos

Gran prima donna de la pintura universal, La Gioconda rejuvenece sometida a un lifting lumínico. Otra diva del arte, la Dama de Elche, comparecerá en breve ante el público favorecida por una nueva luz. Grandes museos del mundo, empujados por una revolución gestada extramuros, han acometido o proyectan la renovación de sus sistemas de iluminación en busca de ahorro energético, sostenibilidad y una mejor presentación y conservación de sus tesoros. Los ledes, esos pequeños puntos de luz omnipresentes ya en otros ámbitos, han superado a golpe de innovación sus carencias iniciales y asaltan imparables los templos mayores de la cultura. Es la tecnología ganadora, pero el arte encierra sus propios misterios y no basta con un simple cambio de bombillas.

"P ara iluminar una obra en un museo hay tres reglas básicas: que se ilumine uniformemente toda la superficie; que la reproducción cromática sea lo más parecida posible a la de la luz natural y a la de la incandescencia —clásica o halógena—, y que no existan deslumbramientos ni reflejos”, enumera Miguel Ángel Rodríguez Lorite, pionero en la iluminación del patrimonio artístico en España y director de la firma especializada InterventoEnlace externo, abre en ventana nueva..

Estos mandatos han de conciliarse con el hecho de que las obras de arte son creadas con luz para ser vistas con luz, pero esa radiación que les da su razón de ser es también uno de los factores de deterioro más temidos. Pigmentos y barnices mal aplicados o restauraciones chapuceras se pueden subsanar en gran medida, pero lo que la luz natural o artificial se lleva no vuelve jamás, porque cambia la estructura molecular del objeto iluminado.

El peligro radica en los dos extremos del espectro electromagnético —ultravioleta e infrarrojo—, invisibles al ojo humano pero causantes potenciales de alteraciones fotoquímicas y de daño térmico en las obras de arte. Únicamente podemos ver radiaciones con una longitud de onda de entre 380 y 780 nanómetros (milmillonésima parte de un metro), por lo que si estamos ante materiales orgánicos frágiles, “todas las que no sean visibles hay que suprimirlas”, apunta Daniel Vázquez Moliní, catedrático de Iluminación y Color en la Facultad de Óptica y Optometría de la Universidad Complutense de Madrid. “Por encima de ese intervalo no se ve y se calienta el cuadro o la obra en cuestión; y por debajo peor aún, porque tampoco se ve, pero es luz ultravioleta de muy alta energía que altera los enlaces químicos de los materiales”. La regla básica, sentencia, “es trabajar con iluminaciones de 400 a 780 nanómetros, porque así eliminamos una cola muy importante de daño sin afectar a la reproducción de la obra”.

Fotografía del catedrático Daniel Vázquez Moliní con el equipo de profesionales que realizan un estudio con un espectrofotómetro para detectar alteraciones fotoquímicas en un cuadro de Picasso, por Universidad Complutense de Madrid.
Fotografía del catedrático Daniel Vázquez Moliní con el equipo de profesionales que realizan un estudio con un espectrofotómetro para detectar alteraciones fotoquímicas en un cuadro de Picasso, por Universidad Complutense de Madrid.

Daniel Vázquez Moliní, durante el estudio realizado con el espectrofotómetro sobre un cuadro de Pablo Picasso. / UCM

El uso museístico de unas u otras lámparas pivota sobre el índice de reproducción cromática (IRC), que define la capacidad de una fuente de luz para reproducir con la máxima fidelidad los colores naturales, siempre con el sol (IRC 100) como referencia. La temperatura de color —sensación que provoca en el ojo humano una luz, cálida en los tonos rojizos y ámbares del espectro, neutra con los blancos y fría con los azulados— y el IRC caracterizan el tipo de luz que emite cada fuente, ya sea incandescente, halógena, fluorescente, led, de halogenuro metálico, de descarga o de cualquiera de las opciones presentes en el vasto catálogo de la iluminación artificial.

Ante una pintura, una fuente de luz con un IRC 100 ofrece al espectador una visión cromática equivalente a la de la luz solar y, según los criterios clásicos de la Comisión Internacional de la Iluminación, solo las lámparas incandescentes y las halógenas alcanzan ese índice. Esto, unido a la calidez que proporcionan y a la posibilidad de regular la intensidad en las halógenas, ha convertido a sus diferentes versiones en protagonistas de la iluminación de museos, galerías y pinacotecas durante décadas. Sin embargo, su reinado declina por el avance de la tecnología led, que ya ha superado sus limitaciones iniciales en la reproducción cromática de alta calidad.