'Las puertas de la noche' . Consuelo para la muerte

Asimilar la muerte de un ser querido ha sido motivo de consideración literaria desde tiempos inmemoriales. El escritor Alejandro Gándara (Santander, 1957) reflexiona sobre este trauma emocional en su último libro, Las puertas de la noche, una novela conmovedora y de altos vuelos que no deja indiferente. La obra, técnicamente una suerte de cajón de sastre en el que se dan cita procedimientos propios del relato, del ensayo y de la investigación histórica, aborda los grandes asuntos esenciales —la vida, el amor, la muerte, el alma...—, pero siempre desde un planteamiento en línea con la narrativa contemporánea más innovadora.

Portada del libro 'Las puertas de la noche', de Alejandro Gándara. Editorial Alfaguara, Madrid, 2013, 256 páginas, 18 euros.

Ganador de premios tan prestigiosos como el Nadal (1992), el Anagrama de Ensayo (1998) y el Herralde (2001), Gándara se sumerge en la historia de un escritor y profesor que, cumplidos los cincuenta, se enfrenta en un solo año a la muerte de Muriel, su alumna más destacada, y de Román y Alfredo, sus dos mejores amigos. Las palabras y los libros a los que ha dedicado su vida, ¿sirven ahora de algo? Todo lo que ha escrito, aprendido e incluso enseñado deberá ponerlo urgentemente al servicio de un único objetivo: descubrir si existe consuelo para este dolor y esta tristeza.

La novela es tierna, a veces inquietante y siempre sorprendente. En varias ocasiones, el autor viaja siglos atrás para conocer cómo se ha percibido y asumido la muerte y la manera de enfrentarse al duelo en la antigua Grecia, en Oriente o entre los judíos, o cómo lo han hecho figuras de la relevancia de Sócrates y Confucio. De esos pozos brotan reflexiones como que la muerte “no es lo desconocido, sino lo conocido, porque ya has pasado por ello”, lo que lleva a su protagonista a afirmar: “No tengas miedo a la muerte, pues has tenido muchas y hasta ahora lo has hecho muy bien”.

La ficción y la realidad caminan de la mano en la obra, que abarca desde la literatura más pura al pensamiento más profundo. Su escritura es intensa y hermosa, sobre todo cuando indaga, con una sutil intimidad y sin pizca de solemnidad, el porqué de nuestra existencia y posterior viaje a la tumba. El autor de Ciegas esperanzas medita en esta ocasión sobre las experiencias más radicales y aborda, desde el concepto de eternidad, la esencia del mundo que nos conforma y que no vemos.

Las tres muertes mencionadas contrastan en la historia del protagonista con el nacimiento de Iris, la hija a la que se dedicará de lleno y que, de alguna manera, le devuelve las vidas que se han ido. El texto, tan didáctico y teórico como personal, recoge la idea del autor sobre el sentido y el objeto de la existencia: el saber como único camino posible.

“Estamos aquí, en este mundo, para saber por qué estamos aquí. No cabe otra razón. No hay mejor razón”. Y en otro momento, señala: “El conocimiento sirve para aprender a morir y el conocimiento sirve para distinguir lo que podemos llegar a saber de aquello que no sabremos nunca. Lo primero nos quita miedo. Lo segundo ahorra dolor”.

Insiste Gándara, sobre todo, en la necesidad de evitar la huida hacia delante, porque el destino nos atrapará por más que tratemos de esquivarlo. El consuelo, el alivio y el sosiego son algunos de los sentimientos, positivos, que el literato esconde a modo de pequeños regalos en las profundidades de su más reciente creación: “Lo tranquilizador, quizá lo consolador, no es que todos los humanos mueran, sino que todos viven, del primero al último, y que ese es el verdadero legado que han dejado los predecesores, del mismo modo en que lo dejarán los que ahora existen a quienes les sucedan sobre esta Tierra”.

Las puertas de la noche tiene la capacidad de generar empatía con las situaciones que vive el actor principal de la trama, máxime cuando todos nos hemos encontrado alguna vez en una situación similar. Pretende que asimilemos la muerte como algo natural en nuestra forma de ser, en nuestra conciencia, y su conclusión puede valer incluso para los que dudan sobre el sentido que tiene nuestro tránsito por este valle de lágrimas.

Un prólogo magnífico da paso a la emotiva narración, erudita en muchos de sus tramos, que mantiene la tensión en todo momento a través de episodios inolvidables, como la visita del protagonista y sus alumnos al cementerio civil de Madrid. En el capítulo final del libro, el autor plasma una máxima que, a su juicio, sintetiza el mensaje último de su esfuerzo creativo: “No naciste solo, no morirás solo, no te consolarás solo”.

R. Romeral.