La escapada perfecta

YORCHMORGOVO

El Monasterio de Piedra, todo un modelo de turismo sostenible que aúna arte, cascadas y una central hidroeléctrica

Carlos Larroy

Aunque su caudal no es muy abundante, el río Piedra, un subafluente del Ebro, ha creado a pocos kilómetros de su nacimiento las decenas de grutas y cascadas que forman el parque natural del Monasterio de Piedra. Este entorno mágico acogió un cenobio cisterciense, transformado luego en hotel-balneario por el que pasaron las élites de los siglos XIX y XX, así como la primera piscifactoría de España y una pequeña central hidráulica —La Requijada— que hoy sigue en funcionamiento.

El Monasterio de Piedra, enclavado en el término municipal de Nuévalos (Zaragoza) y a 28 kilómetros de Calatayud, es uno de los destinos turísticos más visitados de Aragón. A este éxito contribuyen su belleza y el fácil acceso a través de la autovía A-2: por la salida 204, a la altura de Alhama de Aragón, yendo desde Madrid; o por la 231, poco después de pasar Calatayud, viajando desde Barcelona.

Fotografía de la antigua iglesia, sin bóveda, del cenobio cisterciense, por Ferminius.
Fotografía de la antigua iglesia, sin bóveda, del cenobio cisterciense, por Ferminius.

Restos de la iglesia cisterciense del antiguo monasterio. / FERMINIUS

La historia del lugar se remonta a la época de la Reconquista, a finales del siglo XII, cuando el rey aragonés Alfonso II acababa de recuperar la zona de manos musulmanas y buscaba cristianizarla. El monarca donó las tierras al Monasterio de Poblet (Tarragona), de donde salieron en 1194 doce monjes, dirigidos por el abad Gaufrido de Rocaberti, para erigir el nuevo cenobio, cuya construcción comenzó al año siguiente. Para ello contaron con la mano de obra de repobladores procedentes de Valencia y Cataluña y con los materiales de la muralla del castillo de Piedra Vieja, allí ubicado.

Tras 23 años de trabajos, el convento quedó terminado en 1218 con una estructura y distribución que se conserva en su mayor parte. Los monjes diseñaron un cenobio dividido en dos núcleos: por un lado, el claustro y las celdas donde dormían —ahora reconvertidas en 62 habitaciones de hotel—; y por otro, la iglesia. Utilizaron un estilo especialmente sobrio, de transición entre el arte románico y el gótico, muy marcado por el ideario cisterciense: cualquier ornamentación superflua solo obstaculizaría la meditación, gran objetivo de los religiosos.

Destrozos durante la desamortización. Los monjes ocuparon el monasterio hasta 1835, aunque tuvieron que abandonarlo en tres ocasiones. La primera fue durante la guerra de la Independencia, pues el ejército francés lo utilizó como hospital y acuartelamiento. También se vieron obligados a dejarlo en el Trienio Liberal (1820-1823), tras el que regresaron para permanecer 12 años más hasta su salida definitiva en 1835, con el inicio de la desamortización de Mendizábal. Durante el proceso de expropiación, la abadía sufrió un incendio y el conjunto fue saqueado varias veces. Las tribulaciones del lugar finalizaron en 1840 con el desembarco del nuevo propietario, el empresario catalán Pablo Muntadas, que se hizo con el inmueble y sus alrededores tras la subasta pública.

De aquel agitado lustro quedan restos visibles. El fuego y el abandono provocaron el hundimiento de la bóveda de la iglesia y, por tanto, que el templo se encuentre al aire libre.


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