Fusión nuclear, ¿la Luna europea?

NASA / SDO

Como lo fue en su día el programa Apolo para Estados Unidos, el proyecto ITER puede ser la solución para relanzar la economía de la UE con una nueva visión que, además, reconecta con sus orígenes energéticos

Jorge Valero

El proyecto ITER es un gigantesco experimento que pretende demostrar a gran escala que es posible producir energía de forma comercial mediante la fusión nuclear, el proceso que se da naturalmente en el Sol y en las estrellas. El reactor donde se espera llevar a cabo este prodigio se construye actualmente en Francia con una inversión cercana a los 15.000 millones de euros y podría iniciar sus actividades en el 2022. Para muchos expertos, este desafío no solo serviría para conseguir uno de los griales pendientes de la ciencia y la tecnología –disponer de una fuente de energía inagotable y barata–, sino que además representaría una nueva frontera sobre la que dinamizar la construcción europea en un contexto, como el actual, de desilusión y de crisis.

A dvertía Roland Barthes que nunca ha habido un pueblo sin relato. Europa tiene dos. El de aquella princesa fenicia raptada por el propio Zeus, transformado en toro, que narraba la mitología griega. Pero también el de Robert Schuman y Jean Monnet, que, junto con otros soñadores europeos, aspiraron a cimentar un continente unido por la paz y el bienestar de sus ciudadanos. Esta fusión entre las raíces grecorromanas y la carcasa institucional comunitaria son los pilares de lo que hoy llamamos Unión Europea (UE).

Durante las últimas seis décadas, esta identidad europea y su destino han formado el discurso dominante. Pero esta narrativa que sustenta la unión no solo ha cogido polvo con el paso de los años, sino que se ha resquebrajado azotada por una crisis multidimensional. Europa ha perdido su voz en el exterior y, aún peor, también su sentido para gran parte de sus ciudadanos.

Fotografía de uno de los astronautas que pisó la Luna, por NASA.

La llegada a la Luna erigió a Estados Unidos en la potencia tecnológica y científica que es hoy. / NASA

El colapso financiero que se desató en Estados Unidos en el verano del 2007 puso en evidencia las debilidades de su unión económica y monetaria. Pero más allá de la llamada crisis del euro, la gran recesión actual desveló la naturaleza de una tormenta en la que convergían otras crisis que Europa venía gestando desde años atrás. En primer lugar, un cuestionamiento del estado del bienestar y del modelo de desarrollo europeo, tanto por el impacto en el cambio climático como por su creciente dependencia energética, uno de los desafíos estratégicos del continente. Y, en segundo lugar, una pérdida de visión sobre hacia dónde se quiere ir.

“Soportamos un proceso de decadencia. Dulce, eso sí, porque se decae dulcemente cuando se dispone de más de treinta mil dólares de renta per cápita y un buen nivel de cohesión social”, decía el expresidente del Gobierno español Felipe González en su libro Mi idea de Europa.

Contra esta dulce decadencia, las llamadas a la acción han ido creciendo. “Europa necesita una nueva narrativa”, clamó Pascal Lamy, secretario general de la Organización Mundial del Comercio hasta septiembre del 2013 y jefe de Gabinete del expresidente de la Comisión Europea Jacques Delors. “Tenemos que reformular el proyecto europeo”, dijo Lamy, recogiendo un sentir general que se extiende por los pasillos de Bruselas y de otras capitales europeas.

En los últimos seis años, los líderes de la UE han intentado reparar el buque institucional mientras este navegaba por una tormenta perfecta. Han reforzado la coordinación económica y fiscal y han presentado un plan —Europa 2020— para reconquistar la competitividad perdida y relanzar el crecimiento económico.

Aunque estas medidas han logrado evitar la desintegración de la zona euro, la UE continúa sin abordar las cuestiones fundamentales. ¿Por qué los europeos necesitan a la UE? ¿Por qué es relevante para ellos y para el resto del mundo? La pérdida de apoyos al proyecto común y el cuestionamiento de alguno de sus logros más importantes evidencian que la UE sigue sin una estrategia con la que caminar firme en este siglo. Puede que haya encontrado algunos bomberos para apagar las llamas que devoraban sus conquistas, pero sigue sin contar con los arquitectos necesarios para construir su futuro.

La conquista espacial, una nueva frontera. Europa no es la primera ni será la última región que sufra un momento similar de desorientación. Hace 53 años, John F. Kennedy llegó a la Casa Blanca en un periodo en el que Estados Unidos repuntaba de una crisis financiera, aunque con una alta tasa de desempleo que lastraba el ánimo de sus conciudadanos y el despegue económico.