Xosé Castro . Traductor, corrector y comunicador

MANUEL CUÉLLAR
“Hoy más que nunca somos texto”

Mercedes Fonseca

Xosé Castro Roig (La Coruña, 1968) disfruta hablando. Tanto que enseña a hablar en público a quienes no tienen ese don. Traduce del inglés. Detecta barbaridades dichas en castellano, las exhibe, las corrige, les saca punta... En ocasiones, las llama “inculteces” y son editadas con fines didácticos, pero también para hacer reír. Colaborador de Fundéu BBVAEnlace externo, abre en ventana nueva., ha participado en la elaboración de manuales de estilo, como los de El País y la propia Red Eléctrica, y presentado programas de televisión y radio sobre lenguaje. Y todo, sin ponerse muy serio. Se diría que vive una fiesta del idioma permanente.

PREGUNTA | ¿De dónde le viene su amor por las palabras?

RESPUESTA | Tuve la suerte de criarme en una familia en la que había una habitación que era la biblioteca. De pequeño, cuando empecé a ir a casa de otros amigos, pensaba que la secuencia también era baño, salón, biblioteca... pero no. En mi casa estábamos rodeados de libros. Las palabras siempre me gustaron mucho. Con todo, estudié Geografía e Historia y no terminé porque me dediqué a la traducción y a la comunicación.

Fotografía de Xosé Castro sentado en las escaleras de la Biblioteca Nacional, por Manuel Cuéllar.
Fotografía de Xosé Castro sentado en las escaleras de la Biblioteca Nacional, por Manuel Cuéllar.

Xosé Castro ha presentado programas de televisión y radio sobre lenguaje. / MANUEL CUÉLLAR

P | Y ese paso, ¿cómo llegó?

R | Estudiaba en Santiago de Compostela y conocí a mi mujer, con la que llevo 25 años. Ella trabajaba en Televisión de Galicia y, al llegar las televisiones privadas, la llamaron para trabajar aquí, en Madrid. Decidí venirme con ella y, como tenía que ganarme la vida, acepté un trabajo de traducción. Me fue imposible compaginar la carrera. Traduje mucho: películas, informática... Tuve que formarme por mis propios medios porque no tenía suficiente instrucción. Iba de oyente a la facultad de Filología, me compraba los libros de texto, contrataba clases particulares de latín... Hacía todo lo que podía. En realidad, mi gran profesión es la de traductor de inglés. Lo que pasa es que, como soy curioso y no me puedo estar quieto, fue casi un proceso natural que me dedicara a cuestiones de comunicación escrita y redacción. Muchos clientes que pedían traducciones también necesitaban redactar notas de prensa o formación para gente de la empresa. Hay quien, por ejemplo, ha estudiado ingeniería y nunca pensó que fuera a tener que redactar informes para que los leyera otra gente.

P | Es decir, hacerse entender. En España quizá esté demasiado disociado aprender de explicarse.

R | Es lo que digo siempre: una cosa es escribir y otra, comunicar. Y parece que si eres de ciencias puedes ser un zote en letras y al contrario. No existe, como en Estados Unidos —país al que nos encanta criticar—, eso de que en estudios como los de ingeniería también haya clases de debate, de hablar en público o de redacción. Y allí son asignaturas comunes a varias carreras.

P | ¿Se refiere a una formación clásica, como oratoria, retórica, etc.?

R | Efectivamente. En las clases de comunicación escrita u oral, al final acabas hablando de Quintiliano y de Cicerón. Todo está inventadísimo: comunicar, expresar bien... He tenido que hacer un cambio cosmético en el nombre de los cursos, porque si hablas de “escribir bien”, “hablar bien”, etcétera, malo. En cambio, si dices “excelencia en la comunicación escrita”, eso ya les parece mejor. Es lo mismo, aunque les tienes que hablar en este neoespañol que hay ahora: “excelencia en el copywriting”.