Las bombillas del siglo XX . Ramón Núñez

Las lámparas eléctricas basadas en la incandescencia están dejando de usarse, de venderse y de fabricarse. La que todavía es bombilla por antonomasia ha iniciado un camino de retirada que la llevará a quedar inmortalizada en los museos.

“Consigamos hacer lucir una lámpara incandescente en cada una de nuestras habitaciones y entonces sí que diremos con razón que marchamos por la vía del progreso” (El Diario Español, 13 de abril de 1894). La cita es testimonio de que los aires de innovación que generaba la electricidad soplaban con fuerza en las vísperas del siglo XX. Se sucedían entonces asiduamente las noticias de inauguración de iluminaciones eléctricas en teatros, cafés y vías públicas. Pronto llegarían esos vientos a la vida privada. En abril de 1896 se instalaron bombillas de incandescencia en las cámaras del rey y de la reina en el Palacio Real; el ambiente entre la servidumbre podemos imaginarlo sabiendo lo que había sucedido en la Casa Blanca pocos años antes cuando, tras instalar la luz eléctrica, ni el presidente Harrison ni su esposa tocaban los interruptores por temor a electrocutarse, sino que un funcionario encendía las luces por las tardes y quedaban así hasta que él mismo las apagaba la mañana siguiente.

Retrato del comunicador Ramón Núñez, por César Quián.
Retrato del comunicador Ramón Núñez, por César Quián.

Ramón Núñez es experto en educación y comunicación de la ciencia, especialmente en el ámbito de los museos. / CÉSAR QUIÁN

Como sucede casi siempre, la adaptación social al invento llevó su tiempo. En los hoteles más importantes que ya lo disfrutaban aún podían leerse carteles con advertencias como la siguiente: “Esta habitación está equipada con Luz Eléctrica Edison. No intente encender la luz con cerillas. Gire simplemente la llave que hay junto a la puerta. El uso de electricidad para la iluminación en ningún modo perjudica la salud, ni afecta a la profundidad del sueño”. Una vez salvadas todas las prevenciones, el éxito de la luz eléctrica fue arrollador. A finales de 1901 ya había en España 1.324.948 bombillas, de las cuales medio millón correspondían a Madrid, y a lo largo del siglo creció su uso hasta que en un año llegaron a venderse en nuestro país unos 100 millones de lámparas incandescentes.

La epifanía cultural del invento llegó —como corresponde— vinculada al futurismo y al cubismo. Pedro Salinas dedicó a la luz eléctrica el poema “35 bujías”, ofreciéndonos en él una singular historia de amor —protagonizada por una bombilla— que consagra la humilde lámpara eléctrica como icono del progreso. Por cierto, que 35 bujías era el modo de expresar entonces la cantidad de luz emitida por las bombillas más habituales. Años después se pasó a diferenciar las lámparas incandescentes no por su luminosidad, sino por su potencia, aunque esta en realidad nos diga la electricidad que gastan y no la luz que dan. Ahora, con las nuevas lámparas de bajo consumo, podríamos entendernos de nuevo en términos de intensidad luminosa.

El pensar en el cubismo y la bombilla nos lleva indefectiblemente al Guernica de Picasso. No en vano, el elemento que centra y domina la escena del emblemático cuadro es una lámpara incandescente, radiante, nuevo símbolo de Helios en aquella escena dramática; pero también —y gracias a la tulipa— puede ser el ojo lumínico de un Dios omnipresente, con rayos de luz y de oscuridad. La deliberada ambivalencia en esta bombilla de Picasso nos permite nada menos que fusionar —o fundir, o confundir— al Sol con Dios y también con el avance tecnológico. Todo ello en una simple bombilla. No es poco material para iniciar un discurso museístico.